Facultad de Teología del Norte de España
Sede de Burgos
"Pedro Abad - Mair Yahya Ben Gâlib. El cantor del Mio Cid" de José Hernando Pérez
José HERNANDO PÉREZ
(Burgos, 1934)

Sacerdote de la diócesis de Burgos, profesor emérito del instituto Cardenal López de Mendoza, residente actualmente en Madrid. Se doctoró en Teología Espiritual en la P.U. Gregoriana y en Filología Hispánica en la U. de Valladolid. Ha publicado escritos sobre san Gregorio Magno, el Libro de Alexandre y el Poema de Fernán González. Encontró versos del Poema, grabados a finales del siglo XIII en el lomo de una teja guardada en Villamartín de Sotoscueva (Burgos). Los dio a conocer en el “Boletín de la RAE” e hizo un estudio en la revista “Burgense”. Su afán ha estado orientado durante años a la búsqueda de los grandes autores primeros de la Lengua, del Alexandre, del Fernán González y del Cantar del Mío Cid. Al cumplirse en el presente año el VIII Centenario de las defunciones de los reyes Alfonso VIII y Leonor de Inglaterra, ofrece el fruto de su esfuerzo por llegar al autor del Mío Cid. Con ello, desea sumarse al homenaje que los pueblos de España les tributan.

Pedro Abad – Mair Yahya ben Gâlib fue un presbítero mozárabe servidor de las mesnadas y trabajador en el taller de la escuela catedralicia de Toledo, donde traducía del árabe para renombrados escritores venidos de más allá de las fronteras y donde los colegas le llamaban Gâlib. En el año 1150 fue premiado por Alfonso VII en el sitio de Córdoba. Alentaría también a las tropas de Nuño Pérez de Lara, regente del reino en la menor edad de Alfonso VIII y contribuiría a la formación de éste. Más tarde, pasó al cabildo de Salamanca, donde llegó a desempeñar el cargo de maestrescuela. Tras la derrota de Alarcos en 1195, se decidió a componer el libro, en el que integró cuanto había compuesto anteriormente. Con exactitud, en el año 1203, cuando lo estaba terminando, se autodenominó poeta en un documento que autorizó con su firma. Volvía por entonces a Toledo al lado del primado don Martín López de Pisuerga. Éste se había criado en Vivar, pueblo de la madre. La familia se relacionó con el monasterio de San Pedro de Cardeña. Adolescente aún, se alistó a una Orden militar. Fue portero y guardaespaldas jefe del Rey Noble. Por los campos de batalla, las mesnadas le aclamaban con el grito de “Rodrigo Magno”.
José Hernando se ha apoyado en la confluencia de datos, algunos no considerados hasta la fecha, ha recorrido la vida de Alfonso VIII, deteniéndose en las intrigas de los magnates Ansúrez Vanigómez, los que mayor daño causaron a Castilla, al rey y a don Martín en Alarcos y eventos posteriores. El poeta los representó en el Cantar por los infantes de Carrión. Quiso convertir al héroe invicto de Vivar en el vasallo modelo, amante de la justicia, a la que somete su afrenta familiar.
"La vocación al amor: una revelación en la experiencia"
Un estudio en las catequesis de Juan Pablo II sobre el amor humano en el plan divino.
RUBÉN MANRIQUE GONZÁLEZ

Esta obra pretende ser una nueva aportación teológica a partir de las Catequesis del amor humano en el plan divino de Juan Pablo II. Hemos propuesto una relectura de las Catequesis tomando la vocación al amor como hilo conductor. Lo hemos hecho partiendo de la convicción de que es posible contemplar las Catequesis no como una reflexión cerrada y ya completa, sino como un camino iniciado magistralmente por Juan Pablo II, y que sigue abierto a nuevas profundizaciones. A nuestro parecer, lo importante de las Catequesis no es sólo lo que materialmente contiene, sino su carácter de libro abierto.
En el amor se produce la revelación de la persona, no de un modo deductivo o introspectivo, sino como un «acontecimiento». En el encuentro interpersonal descubrimos que el amor es el único modo de conocer al otro, de conocernos a nosotros mismos y, en último término, de conocer a Dios. La presencia amorosa del otro que acojo y recibo como un don, es memoria de un Amor originario. De este modo, queda de manifiesto que la vocación al amor incluye un «antes»: el amor de Dios, que posibilita nuestro amor como respuesta. Podemos amar en la medida que somos amados. El encuentro interpersonal no sólo incluye la memoria de un amor previo, sino, al mismo tiempo, una promesa de comunión. La vocación al amor se presenta también como tarea, hasta alcanzar la comunión de personas a través del don recíproco de sí.
Juan Pablo II presenta la vocación al amor desde una ontología y fenomenología del don: la «hermenéutica del don». En esta expresión: «hermenéutica del don», encontramos un criterio definitivo de interpretación y comprensión de la vocación al amor en las Catequesis. Para ello, Juan Pablo II se sirve de dos expresiones: «irradiación del Amor» y «radicación en el Amor». La revelación es la irradiación del Amor de Dios que se comunica, y que explica tanto la realidad del don como el mismo acto de donar. Al mismo tiempo, la experiencia humana del amor, en todas sus dimensiones y subjetividad, desde la misma experiencia de ser cuerpo, es testimonio de que la persona está radicada en el amor. Ambos caminos: revelación y experiencia, nos llevan a afirmar la vocación originaria al amor, según la cual, la persona es testimonio de un amor recibido, en el que está arraigada (don originario); y promesa de un amor que se transforma en tarea (don de sí) hasta alcanzar la comunión de personas.
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